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Irène Némirovski, o de cómo vencer el olvido

Irène Némirovsky murió en Auschwitz el 17 de agosto de 1942, un mes después de que los gendarmes franceses la detuvieran y fuera deportada a un campo de exterminio nazi. No había nacido en Francia (Kiev, 11 de febrero de 1903), había llegado a París con su familia en 1919 huyendo de la Revolución Rusa. Pero, aunque nunca consiguió la nacionalidad francesa, Némirovsky era francesa. Estudió en Francia, escribió su obra en Francia y en francés, se enamoró en Francia y fue en Francia donde formó una familia. Pero era judía, y ese hecho fue definitivo para que Francia la detuviera en nombre de la República y la pudiera ofrecer después a los perros nazis.

Más Pessoa y menos románticos

"El personaje individual e imponente, que los románticos imaginaban en sí mismos, varias veces, en sueños, he intentado vivirlo y, tantas veces como he intentado vivirlo, me he encontrado riéndome a carcajadas de mi idea de vivirlo. El hombre fatal, al final, existe en los sueños propios de todos los hombres vulgares, y el romanticismo no es sino el volver del revés del dominio cotidiano de nosotros mismos. Casi todos los hombres sueñan, en los secretos de su ser, un gran imperialismo propio, la sujección de todos los hombres, la entrega de todas las mujeres, la adoración de los pueblos y, en los más nobles, de todas las eras".

Me acordé de Pessoa

Hoy fui de visita a mi antiguo barrio y me acordé de Pessoa. Lo cierto es que no sé por qué. Quizás porque yo también me dejé arrastrar por una cierta melancolía y me envolví de una nobleza altiva, aunque no me correspondiera. Pero yo no bajaba por la Calle Nueva de Almada, sino por una más angosta sobre la que se asomaban un sinfín de feos balcones. En algunos de ellos se amontonaban trastos abandonados y en otros se extendía la ropa de la última colada como una enseña desafiante. Hacía calor, ese calor que, en el corazón del verano, se aprieta a la piel y entela el pensamiento con vendas húmedas, y sobre mí vociferan televisores y llovieron las risas nerviosas de unos críos. Aún así, me acordé de Pessoa. En algún momento, también yo me fijé en la espalda vulgar de un hombre cualquiera, aunque éste no vestía traje ni llevaba cartera alguna bajo el brazo ni un paraguas cerrado. Mi hombre, desde la distancia, parecía joven. Era robusto y de baja altura, de brazos fuertes y andares desgarbados. Camiseta, tejanos y sandalias componían su uniforme. Un tatuaje ascendía sinuoso desde el cuello de la camiseta hasta casi alcanzar la despoblada coronilla. No portaba nada, sólo un cigarrillo ardía sin prisas entre los dedos de una mano balanceándose al compás del sonido de sus sandalias sobre el asfalto. También yo sentí ternura por él. También yo entendí que era vulgar, común y humilde. También tuve la certeza de que aquel hombre dormía y soñaba, aunque yo, sin embargo, no le pude reprochar su inconsciencia ni le veneré falsamente por vivir dormido.