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| Fotografía de graffiti |
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Economía, ciencia y mentiras (VI): El valor de lo inútil
Habermas y la desobediencia civil
Mi amigo, el profesor de filosofía, me ha enviado un correo muy interesante. Al menos, él sabía que a mí me iba a interesar y yo he picado el anzuelo. De todas formas, creo que a él le hubiera gustado poder decir lo que yo afirmo sin tapujos, pero por pudor o por no desgastar una imagen absurda de escéptico irreductible, no se atreve a defenderlo abiertamente.
El caso es que hace unos días comenzamos a hablar del concepto de desobediencia civil en relación al movimiento 15M. Que si sí, que si no, que si es posible, que si no es tan fácil... Yo, por supuesto en el sí. Él que no estaba tan claro, aunque deseando que yo insistiera en mi ceguera. Al final, me prometió que pensaría en el tema y que ya me diría algo. Él, muy puritano y ortodoxo en sus cosas filosóficas, se ha encargado de buscar algún fundamento con, al menos, un cierto tufo intelectual, como si así el concepto o el horizonte adquiriera más consistencia. Es lo que tiene ser profesor de filosofía, siempre buscando el acomodo y el respaldo de la autoridad. Y algo ha encontrado.
El caso es que hace unos días comenzamos a hablar del concepto de desobediencia civil en relación al movimiento 15M. Que si sí, que si no, que si es posible, que si no es tan fácil... Yo, por supuesto en el sí. Él que no estaba tan claro, aunque deseando que yo insistiera en mi ceguera. Al final, me prometió que pensaría en el tema y que ya me diría algo. Él, muy puritano y ortodoxo en sus cosas filosóficas, se ha encargado de buscar algún fundamento con, al menos, un cierto tufo intelectual, como si así el concepto o el horizonte adquiriera más consistencia. Es lo que tiene ser profesor de filosofía, siempre buscando el acomodo y el respaldo de la autoridad. Y algo ha encontrado.
Mi amigo el profesor de filosofía
Tengo un amigo. Es profesor, de filosofía. Pero, a pesar de todo, es un buen amigo. De vez en cuando charlamos. Bueno, más bien yo le hablo y él se ríe de mí. Porque es profesor y de filosofía, claro. Yo le explico mis inquietudes, mis sueños y mis desvelos, y él siempre me escucha con una sonrisa que intenta ser amable, pero que a veces me sabe a condescendiente. Utiliza la ironía y se esconde detrás de un escepticismo muy cómodo. Yo se lo digo y él nunca me lo niega, y quizás por eso aún me resulta más difícil de aceptar en él. Al fin y al cabo, es mi amigo. Cuando le explico mis sueños y mis metas, al final siempre me dice que a él también le gustaría bailar en el aire, pero que más tarde o más temprano siempre nos tenemos que enfrentar a la ley de la gravedad.

