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Economía, ciencia y mentiras (VI): El valor de lo inútil

Fotografía de graffiti
Dice mi amigo, el profesor de filosofía, que el significado de lo inútil se ha retorcido demasiado hasta adquirir un tono negativo que no le pertenece. Mejor dicho, me explica que lo inútil ha cambiado de significado acomodándose a los tiempos que corren, y por eso ahora señala lo que en realidad no es inútil y deja de señalar lo que en verdad lo es -me dice en voz baja que estaría bien hacer una arqueología del término, al estilo en el que Foucault hacía sus agudos análisis para desenmascarar todo lo que se esconde tras palabras aparentemente inocentes-. En sentido estricto, lo inútil se refiere a todo aquello que no produce provecho, a lo que no nos ofrece comodidad o ningún fruto o interés. Por eso, hoy nos atrevemos a calificar como inútil a la filosofía, a la contemplación, a la literatura o al arte en general. ¿Por qué? Pues porque no producen un fruto cuantificable en dinero, no son mercadería de consumo. Aquello que no produce riqueza, que no produce una ganancia, es abandonado en el cajón de lo inútil. Pero, entendido así lo inútil, se me despiertan dos dudas.

Habermas y la desobediencia civil

Mi amigo, el profesor de filosofía, me ha enviado un correo muy interesante. Al menos, él sabía que a mí me iba a interesar y yo he picado el anzuelo. De todas formas, creo que a él le hubiera gustado poder decir lo que yo afirmo sin tapujos, pero por pudor o por no desgastar una imagen absurda de escéptico irreductible, no se atreve a defenderlo abiertamente.

El caso es que hace unos días comenzamos a hablar del concepto de desobediencia civil en relación al movimiento 15M. Que si sí, que si no, que si es posible, que si no es tan fácil... Yo, por supuesto en el sí. Él que no estaba tan claro, aunque deseando que yo insistiera en mi ceguera. Al final, me prometió que pensaría en el tema y que ya me diría algo. Él, muy puritano y ortodoxo en sus cosas filosóficas, se ha encargado de buscar algún fundamento con, al menos, un cierto tufo intelectual, como si así el concepto o el horizonte adquiriera más consistencia. Es lo que tiene ser profesor de filosofía, siempre buscando el acomodo y el respaldo de la autoridad. Y algo ha encontrado.

Mi amigo el profesor de filosofía

Tengo un amigo. Es profesor, de filosofía. Pero, a pesar de todo, es un buen amigo. De vez en cuando charlamos. Bueno, más bien yo le hablo y él se ríe de mí. Porque es profesor y de filosofía, claro. Yo le explico mis inquietudes, mis sueños y mis desvelos, y él siempre me escucha con una sonrisa que intenta ser amable, pero que a veces me sabe a condescendiente. Utiliza la ironía y se esconde detrás de un escepticismo muy cómodo. Yo se lo digo y él nunca me lo niega, y quizás por eso aún me resulta más difícil de aceptar en él. Al fin y al cabo, es mi amigo. Cuando le explico mis sueños y mis metas, al final siempre me dice que a él también le gustaría bailar en el aire, pero que más tarde o más temprano siempre nos tenemos que enfrentar a la ley de la gravedad.